Al menos 50 mil venezolanos llegaron a Boa Vista, Brasil, desde que empezó la crisis humanitaria. Hay carpas de la ACNUR y del ejército brasileño para asistir a los que escapan.

Son las siete y media de la tarde y ya es de noche, pero el calor sigue siendo insoportable. Tardamos más de cinco minutos en lograr cruzar la avenida de Boa Vista para llegar a la plaza Simón Bolívar, la principal de la Ciudad. Cuando lo conseguimos, no nos sorprenden los oficiales del Ejército parados en la arcada que hace de ingreso. Llevamos dos días trabajando en la capital de Roraima, al norte de Brasil, y esta es una foto que ya vimos demasiadas veces. Lo que sí nos hace sacudir la cabeza y buscarnos con la mirada, es el interior de esa plaza. Y decimos el interior, porque las autoridades municipales la cercaron, la tapiaron.

Adentro, no hay juegos para nenes ni pasto verde; solo se conserva el mástil sin bandera en el centro. Las carpas de colores tipo iglú se amontonan una al lado de la otra. El aire es pesado, no tanto por el calor y la humedad, sino por los fogones improvisados por los cientos de venezolanos que a esa hora se preparan para intentar cenar. La olla mejor provista tiene unos restos de alas de pollo y un poco de arroz. Eso, para ellos, ya es para celebrar. En su país, una cena como esa es infrecuente.

Esa noche, hablamos con muchos en la plaza. La recorrimos, la miramos una y otra vez hasta poder entender. Para que nos entrara en la cabeza lo que estábamos viendo. Una chica preciosa de 32 años que era modelo en Caracas. Un viejo enojadísimo porque no conseguía trabajo en Boa Vista y por tanto no tenía el dinero que necesitaba mandarle a su hija en Venezuela para que no abandonara la Universidad. Un exmilitar venezolano que por necesidad y actitud se convirtió en el líder de la plaza. Una madre que se negaba a dejar el refugio si no le ofrecían también un hueco para sus hijos.

Nos fuimos de ahí con la sensación de que todo es demasiado injusto. Y todavía no habíamos visto nada.

Jardín Floresta es uno de los cinco refugios montados en Boa Vista. Ahí trabajan ACNUR y el Ejército Federal de Brasil. Alojan a unos 2.500 venezolanos de los más de 50 mil que llegaron a la ciudad en lo que va del año. En ese predio que llaman “Abrigo Jardín Floresta” hay 99 carpas que ocupan mujeres solas, madres solteras con sus hijos, familias completas.

Daniel tiene 10 años y es uno de los muchos nenes que viven en el refugio. Nos ve llegar y se pega a nosotros. Dice que quiere ser médico para ayudar a su mamá si en algún momento se enferma, pero pasa el rato y se entusiasma con la cámara. “Me encanta que me graben”, nos cuenta y empieza a correr entre las carpas blancas con una cámara de fotos en la pano. “Ponete que te saco”, insiste. Posamos y el juega a sacarnos fotos.

Daniel tiene la inocencia de un chico de 10 y quiere jugar y estudiar y progresar. Pero sobre todo quiere comer. Nos cuenta que prefiere Brasil a Venezuela porque en Brasil puede desayunar, almorzar y cenar. En su país, en cambio, tiene que elegir por una de las tres comidas diarias. “Me encanta acá”, repite.

Es tarde y tenemos que ir a otro refugio, nos esperan en Tancredo Neves. Daniel está divertido con nuestras preguntas, quiere que nos quedemos un poco más. Que le contemos de la Argentina. “Y se ve bonito ¿Verdad?”, nos pregunta sin vueltas. Le decimos que sí, que muy. Y entonces, Daniel, sin darse cuenta lo que va a implicar para nosotros, nos suelta: “¿Se puede también –como en Brasil– comer desayuno, almuerzo y cena? Porque en Venezuela no es así. En Venezuela nada más se come cena y si no podemos, no comemos nada”.

 

Por Maru Duffard y Gastón Cavanagh

Fuente: tn.com.ar

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