El encuentro del viernes 27 de abril fue el primer paso. Probablemente, el más importante. Por primera vez desde el estallido de la guerra en 1950, los mandatarios de las dos Coreas se reunieron en terreno neutral, en el área desmilitarizada de Panmunjom.

El comunicado conjunto difundido tras la cumbre entre Moon Jae-in y Kim Jong-un parece confirmar que ambas partes tienen la voluntad política de avanzar hacia un acuerdo. “Los dos líderes declararon solemnemente ante los 80 millones de coreanos y ante todo el mundo que no habrá más guerra en la península de Corea, y que una nueva era de paz ha comenzado”, sostuvieron.

Pero los antecedentes inmediatos e históricos imponen cautela. Hace menos de seis meses, Kim amenazaba con lanzar ojivas nucleares a sus enemigos y la pregunta era cuándo y dónde estallaría la primera bomba.

En 2000 y en 2007 también se habían celebrado cumbres esperanzadoras entre Kim Jong-il, padre del actual dictador, y los presidentes surcoreanos Kim Dae-jung (1998-2003) y Roh Moo-hyun (2003-2008). A pesar de los discursos alentadores, ambas terminaron naufragando. Es cierto que Pyongyang se había mostrado más reticente en los dos casos, y sólo había accedido a reunirse con la condición de ser el anfitrión. Pero estos ejemplos revelan que falta lo más difícil: llegar a un pacto definitivo.

Son las diferencias que surgen al discutir cómo poner fin a la disputa las que pueden hacer que todo se caiga. Buena parte de las relaciones internacionales del Pacífico están estructuradas alrededor de este conflicto, así que un tratado de paz implicaría diseñar un nuevo orden geopolítico.

Lo pasos necesarios para llegar a la paz

Uno de los mayores obstáculos a la firma de un tratado de paz es que son muchos los actores involucrados. Cuando estalló la guerra —luego de la invasión norcoreana— se estableció en defensa de Corea del Sur el Comando de las Naciones Unidas (UNC por su nombre en inglés), liderado por Estados Unidos e integrado por otros 15 países. A su vez, China intervino en apoyo de Pyongyang, a través del Ejército de Voluntarios del Pueblo. No se puede conseguir nada sin el consentimiento de estas potencias.

“Son muchos los aspectos para lograr una paz definitiva. La primero sería declarar el fin del armisticio firmado (en 1953) por los generales que representaban al UNC, a los Voluntarios Chinos y al Ejército norcoreano. El Sur y el Norte tendrían que consensuar un acuerdo de paz formal, que debería contar con el apoyo de los signatarios del armisticio. Es probable que también se le pida al Consejo de Seguridad de la ONU que suscriba el pacto”, explicó Bradley O. Babson, profesor de gobierno especializado en Corea del Bowdoin College, en Maine, Estados Unidos, consultado por Infobae.

El fracaso de la “Política del Sol”, el intento de acercamiento ensayado por Seúl entre 2000 y 2007, se explica en parte por la falta de apoyo de la Casa Blanca durante el gobierno de George W. Bush, partidario de una línea más dura. Por eso es tan importante la hasta hace poco impensable cumbre entre Kim y Donald Trump, que está prevista para el mes próximo.

Acercar posiciones entre Corea del Norte y Estados Unidos es la principal apuesta de Moon para sellar un pacto duradero. Consciente de las debilidades narcisistas de Trump, ya lo postuló para el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos para terminar la guerra.

 Alcanzar una paz definitiva tendría enormes consecuencias para el orden político regional y global

“Una paz definitiva requiere que el entorno político de la península de Corea y del Nordeste de Asia sea más estable. Eso involucraría muchos factores, incluyendo la desnuclearización de Corea del Norte o, posiblemente, que su programa nuclear sea disminuido, limitado y monitoreado. También implicaría una reducción de la presencia militar de Estados Unidos y la normalización de las relaciones diplomáticas entre Washington y Pyongyang. Son cosas difíciles de lograr”, dijo a Infobae Bates Gill, profesor de Estudios de Seguridad en Asia Pacífico de la Universidad Macquarie, en Sydney, Australia.

La cuestión nuclear será el punto crítico de la negociación. Kim decidió sentarse a dialogar después de haber tirado lo más que pudo de la cuerda con numerosas pruebas misilísticas, en las que demostró un poder de fuego superior al que imaginaban muchos expertos en defensa. Así que no será fácil que esté dispuesto a ceder ese arsenal, que le permitió subir el precio de su cotización ante sus enemigos.

“Hay que ver exactamente qué quiere decir Corea del Norte cuando habla de desnuclearización. ¿Realmente el régimen aceptará deshacerse de sus reservas de armas nucleares de una manera que sea verificable por observadores externos? Si se resiste a dar ese paso, puede que esta nueva fase de acercamiento no dure mucho. También hay que ver qué concesiones espera a cambio de sus vecinos y especialmente de Estados Unidos”, sostuvo Hans Schattle, profesor de ciencia política en la Universidad Yonsei, de Seúl, en diálogo con Infobae.

Este repaso breve de todo lo que hace falta para alcanzar un acuerdo de paz revela que, por más que haya una genuina voluntad política, no será nada fácil. Hay que superar demasiados años de enfrentamientos y desconfianza mutua entre todos los involucrados.

“Un comienzo sería que Corea del Sur, Corea del Norte y Estados Unidos declaren que van a poner fin a la guerra. Luego se podría avanzar con medidas para construir confianza y reducir la fuerza en la zona desmilitarizada y en el Mar del Oeste, como crear áreas de pesca conjunta y vías marítimas para buques norcoreanos, coordinar tareas de rescate y arreglar los límites acuáticos y terrestres”, dijo a Infobae Leon Sigal, director del Proyecto de Seguridad Cooperativa del Nordeste Asiático, en el Consejo de Investigación en Ciencias Sociales de Nueva York.

El día posterior al fin de la guerra

“Alcanzar una paz definitiva tendría enormes consecuencias para el orden político regional y global”, afirmó Gill. Lo primero, y lo más notorio, es que dos naciones hermanas, que comparten una misma historia y una porción de territorio, volverán a relacionarse tras casi siete décadas de enfrentamiento.

“Habrá una reconciliación entre Pyongyang y Seúl, que deberá incluir acuerdos sobre el estatus futuro de la península —continuó el académico australiano—. ¿Continuarán siendo dos países separados, formarán algún tipo de federación o se reunificarán como un solo país, con una misma bandera y una capital? Lo más realista, asumiendo que continúen por una senda positiva, es que en el mediano plazo haya una lenta evolución de dos países separados y en paz a una forma de federación. Una reunificación plena será muy difícil”.

 La paz en Corea podría significar relaciones más estables entre Estados Unidos y China

Los cambios más rápidos serán a nivel diplomático. Del apagón total en el que estaban las relaciones entre los países beligerantes hasta hace unos meses, se pasará a un intercambio fluido, que se irá normalizando con el tiempo.

“Una posibilidad es que se reabran los viajes a través de la frontera para norcoreanos y surcoreanos, y que se reanude la cooperación económica. También es posible que Estados Unidos abra una embajada en Pyongyang. Más difícil es saber qué tendría que pasar para que el gobierno norcoreano empiece a defender los derechos humanos de su pueblo”, dijo Schattle.

Que se abra el régimen de Kim, que está sin dudas en el podio de los más cerrados del planeta, es uno de los mayores desafíos. La experiencia internacional de países como China y Cuba sugiere que es mucho más probable que esa apertura se vea en plano económico antes que en el político.

Corea del Norte podría empezar a recibir ayuda para desarrollarse y volverse un país normal en sus relaciones económicas con sus vecinos y con la comunidad internacional. A nivel global, si se cumple la desnuclearización, tendrá un impacto positivo en el futuro de la no proliferación”, afirmó Babson.

Es evidente que el fin de la guerra disminuiría considerablemente las tensiones en la región. Con el tiempo, seguramente se reducirá el despliegue militar de las potencias con mayor presencia. “La paz en Corea podría significar relaciones más estables entre Estados Unidos y China —dijo Gill—. Al menos sacaría a la península de la lista de potenciales focos de conflicto capaces de llevar a estos países a una confrontación”.

Pero no todos los cambios serán necesariamente positivos. Siempre que hay movimientos importantes hay algunos que pierden. Japón, que ocupó la península en la primera mitad del siglo XX, durante su expansión imperial, no vería con ojos tan optimistas el proceso.

Una Corea reunificada podría ser una amenaza para Japón, sobre todo si deja de tener una presencia militar significativa de Estados Unidos. O peor, si se alinea con China. En ese escenario, podría surgir una confrontación entre Japón y Estados Unidos, de un lado, y China y Corea, del otro”, sostuvo Gill.

De todos modos, más allá de que todos los cambios entrañan riesgos, siempre va a ser preferible la paz a la continuidad del peligroso juego de amenazas cruzadas entre Corea del Norte y sus enemigos. Sobre todo cuando hay líderes imprevisibles, con una capacidad de destrucción inimaginable.

Por Darío Mizrahi

 

Fuente: infobae.com