La novelista Margaret Atwood recientemente causó revuelo cuando, durante una entrevista con Variety, dijo que los secuestradores del 11 de septiembre (11-S) “tomaron la idea” de estrellar aviones contra edificios al ver “Star Wars”.

Atwood, autora de “The Handmaid’s Tale” y otros clásicos distópicos, no contaba con la información correcta. Los 19 secuestradores no fueron inspirados por “Star Wars”. Al Qaeda no buscó recrear la destrucción de la Estrella de la Muerte.

Sin embargo, la premisa del comentario de Atwood no fue para nada descabellada. La literatura y el cine han buscado durante mucho tiempo capturar las realidades de la guerra y, a su vez, han influenciado el pensamiento sobre ésta. Existe una relación directa entre la guerra real y la ficcional.

Esto no es algo nuevo, por supuesto. El arte ha influido en los conflictos -y viceversa- desde los comienzos de las luchas humanas conocidas. “La Ilíada” es una antigua historia de guerra, en gran parte inventada, pero se cuenta que Alejandro Magno dormía con una copia del libro debajo de su almohada.

John Steinbeck nunca participó de una batalla, pero su novela de 1942, “The Moon Is Down”, sobre la ocupación militar de una pequeña ciudad, tuvo una enorme influencia en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, y fue una guía narrativa para los opositores a la ocupación nazi. Fue tan útil para el movimiento de resistencia en Noruega que Steinbeck fue galardonado con la Cruz de la Libertad Haakon VII de ese país al logro bélico, en 1945.

Los guerreros contemporáneos todavía hoy aprenden de la ficción. Los generales retirados Stanley McChrystal y David Petraeus han afirmado sentirse profundamente influenciados por “The Centurions”, una novela de 1960 sobre paracaidistas franceses en Indochina y Argelia. El excomandante aliado supremo de la OTAN y alto almirante retirado de la Armada, James Stavridis, ha citado las obras completas de Hemingway como inspiración para su carrera militar.

Según el Informe de la Comisión del 11-S, los oficiales de inteligencia sabían que los aviones comerciales podrían ser convertidos en armas. Habían aprendido esto no de fuentes de inteligencia nacional, sino de una novela: “Debt of Honor”, de Tom Clancy, publicada en 1994, en la que un avión es estrellado contra el edificio del Capitolio en Washington, D.C., en un intento de aniquilar al liderazgo político de Estados Unidos.

El gobierno nacional generalmente clasifica este tipo de datos -es decir, la información con valor de inteligencia que proviene de un libro, una película o algún otro trabajo creativo- como inteligencia de código abierto (“OSINT”, por sus siglas en inglés), lo cual significa que se obtuvo de material público disponible.

El gobierno incluso ha hecho esfuerzos ad-hoc para escarbar la ficción con fines de inteligencia. Después del 11 de septiembre, el Pentágono solicitó a dos docenas de escritores y directores de Hollywood que especularan sobre posibles ataques imprevistos que pudieran ocurrir.

Más recientemente, el jefe de personal del Ejército, el general Mark A. Milley, hablando en el Museo y Biblioteca Militar Pritzker en Chicago, durante 2016, reconoció que la ciencia ficción es “algo a lo cual le prestamos mucha atención”, una herramienta para ayudar a los militares a darse cuenta de los requisitos de conflictos potenciales.

La naturaleza de la guerra nunca ha cambiado más velozmente que hoy en día. Tal como Michael Morell, un exagente y director en funciones de la CIA dijo recientemente al Atlantic, Estados Unidos nunca ha enfrentado tantas amenazas como ahora. Y es posible que se requiera de una creatividad digna de Hollywood para anticiparlas y contrarrestarlas.

Por esta razón, el país debería hacer más para aprovechar la relación informal de larga data entre la ficción y la guerra. En lugar de iniciativas inconsistentes y únicas, nuestras agencias de seguridad nacional deberían expandir este tipo de investigación especulativa hacia programas más formales y continuos.

El ejército de EE.UU. anunció recientemente una iniciativa importante, el Futures Command (comando de futuros), que ayudará a anticiparse y adaptarse a próximos combates aprovechando la experiencia de los líderes empresariales, tecnólogos y académicos (tres ciudades en California -Los Ángeles, San Diego y San Francisco- están preseleccionadas entre las posibles sedes para el comando). El Ejército debería dar cabida en esta nueva iniciativa a las mentes imaginativas estratégicas, incluidos guionistas y novelistas.

Dentro de Futures Command y en otras agencias, los expertos creativos podrían servir como una fuente vital de inteligencia de ficción -o “FICINT”, un término acuñado por el analista de seguridad nacional August Cole- ayudando a prever el próximo ataque importante en Estados Unidos, dando forma a estrategias preventivas y incluso implementándolas cuando sea necesario.

Margaret Atwood puede haber suscitado burlas por sugerir que los secuestradores del 11S se inspiraron en “Star Wars”, pero su postulado no es inverosímil. Además, Atwood tuvo toda la razón cuando, en un comentario de seguimiento del tema, afirmó que los escritores de ciencia ficción tienen un talento único para “anticipar eventos futuros”.

El ejército de EE.UU. sería sabio en aprovechar formalmente ese talento. Como concluyó memorablemente el informe de la Comisión del 11-S, el “fracaso más importante” que posibilitó los ataques fue “el de la imaginación”. A diferencia de “Star Wars”, no podemos permitirnos una secuela.

 

Por ML Cavanaugh

Fuente: latimes.com