Mauricio Macri viajó a fin de la semana pasada a Sudáfrica, como presidente pro-tempore del G20, para asistir a la cumbre de los BRICS, el grupo de países integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Tuvo reuniones con líderes muy importantes del mapa actual como Vladimir Putin, Xi JinPin y Narendra Mori, con quienes exploró potenciales oportunidades tanto en materia de comercio exterior como de inversiones. De este modo, el gobierno ha sumado un nuevo mojón en su esfuerzo por reinsertar al país en el mundo, en este caso con una presencia institucional en el continente que, junto con Asia, constituye sin dudas en un foco estratégico, sobre todo en términos de nuestras exportaciones de alimentos. También, Macri intentó con esa participación fortalecer su status como líder global, que había quedado al menos en parte empañado por la severa crisis cambiaria que vivió la Argentina. En ese orden, se encontró también en Johannesburgo con muchos colegas que experimentaron “tormentas” similares, aunque de mucha menor intensidad.

Han pasado casi 10 años ya de la primera cumbre de los BRICS, que tuvo lugar en Ekaterinburgo, al este de los Urales, donde se jugaron varios partidos del último campeonato mundial. En esa época, gracias al boom de los commodities y la aceleración del proceso de urbanización de poblaciones rurales, existía un enorme interés por la dinámica de crecimiento de los grandes países emergentes. El mundo cambió notablemente en esta década. Ya los BRICS no son lo que eran: la heterogeneidad en los recorridos de cada uno de sus integrantes cuestiona que sigamos hablando de un bloque con características comunes (China, por ejemplo, creció mucho más de lo esperado; Brasil, naturalmente, se convirtió en una gran decepción). En aquella época, la Argentina profundizaba la aventura populista de los Kirchner, que nos metió en este laberinto de estancamiento con alta inflación que tanto nos cuesta superar.

BRICS es un término que fue acuñado en noviembre de 2001 por Jim O’Neill, jefe del departamento de investigaciones económicas globales del banco de inversión Goldman Sachs. El objetivo era identificar los mercados que en las décadas siguientes podrían ofrecerles a los inversores tasas de retorno muy superiores al promedio. Se suponía también que el impulso estructural a la demanda agregada global de estos gigantes impulsaría, como efectivamente ocurrió, un nuevo ciclo económico global.

En la última década, los BRICS dejaron de ser solamente simples destinos para la inversión o centros de producción y consumo, para transformarse en verdaderos polos de poder global. Esto tuvo que ver con méritos propios, pero también con la crisis del liderazgo global de los Estados Unidos, previa a la llegada de Donald Trump al poder (aunque sin duda se profundizó en los últimos 20 meses). Otro factor esencial fue la lenta pero persistente declinación de la Unión Europea. Asimismo, Japón nunca volvió a generar la influencia y el interés global que tuvo entre las décadas de 1970 y 1980, cuando irrumpió con su milagro económico en un escenario internacional dominado por las tensiones de la Guerra Fría y los desequilibrios derivados de las crisis del petróleo.

Lo cierto es que este grupo de cinco países pretendieron coordinar posiciones diplomáticas para crecer en influencia en el sistema internacional. Como nuevos polos de poder global, hoy están buscando transformar las reglas del orden vigente, reescribir los procedimientos para la toma de decisiones y modificar las estructuras de las instituciones internacionales en un entorno difuso, precario y turbulento. Hasta el momento, se ha revelado como un bloque que está esencialmente satisfecho con el estado de cosas imperante en el sistema internacional. Es decir, sus demandas son de tono reformista, no pretenden un cambio sustantivo, mucho menos los define una perspectiva revolucionaria. Atrás en la historia han quedado los programas transformacionales como el de los Países No Alineados, que se referían a un Nuevo Orden Económico Internacional. También se han eclipsado los cuestionamientos más recientes, pero no menos ruidosos, que muchos actores sociales opuestos a la globalización exponían en foros como por ejemplo los de Porto Alegre.

De hecho, los BRICS aparecen como actores más bien moderados frente a los cuestionamientos al orden mundial que surgen de los propios países que hasta no hace mucho eran impulsores de la globalización. Este es el caso, particularmente, del presidente de los EEUU, Donald Trump. Nada de lo que los BRICS puedan hacer ha sido tan disruptivo (¿destructivo?) del orden internacional vigente como las irrupciones diplomáticas del presidente norteamericano. Desde los consensos en el campo de la no proliferación nuclear internacional (abandonados de hecho con la aproximación diplomática a Corea del Norte) a los valores que sustentaban la alianza transatlántica con Europa; desde la cooperación limitada en el campo comercial con China (desaparecida hoy bajo los tambores de guerra comercial) hasta la postura firme hacia Moscú (diluida hoy bajo una sospechosa aquiescencia y deferencia para con el presidente Putin), lo cierto es que Trump ha sacudido las bases del orden internacional, generando condiciones globales más inestables e inciertas.

Ningún país puede hacer frente por sí mismo a los desafíos con que el orden internacional actual nos confronta en este singular contexto: terrorismo, proliferación nuclear, migraciones o comercio requieren algún tipo de instancia de coordinación para al menos limitar los efectos negativos de amenazas muy complejas. Por eso, la innovación institucional que representó la emergencia y consolidación de los BRICS refleja y rubrica un cambio de época en las relaciones internacionales contemporáneas.

Finalmente, no quedan dudas de que la Argentina también cambió en los últimos años, y mucho. Hemos pasado de una visión ideologizada de los asuntos internacionales a una visión estratégica y pragmática sobre el juego global que se ha dado en llamar, en otra clara muestra de la autoestima macrista, una “inserción internacional inteligente”. El kirchnerismo tenía un diagnóstico sobre los BRICS claramente dicotómico, que presentaba una oposición irreconciliable, anacrónica y combativa, típicamente setentista, entre países desarrollados y emergentes, Norte y Sur. Esto resultaba sorprendente ya que ni los propios BRICS expresaban una postura tan incompatible con las bases del orden global. Además, los BRICS responden más a los intereses nacionales de los miembros –de convertir prestigio en poder, importancia en influencia- que a un rediseño colectivo del sistema internacional. El denominador común del grupo es que sirve al interés individual de sus miembros. Como en tantos otros aspectos de la política pública, predominaba en esa época un conjunto de factores domésticos ideológicamente radicalizados que llevaban a una lectura muy sesgada de la realidad, en este caso en el plano internacional.

Por el contrario, la estrategia Cambiemos implica alinear los intereses de diversos sectores de la sociedad argentina al mismo tiempo que sintoniza la política pública a las necesidades del sector privado. En la práctica, esto se refleja tomando medidas que fomenten la competitividad, la integración en las respectivas cadenas globales de valor y la facilidad para hacer negocios o atraer inversiones del exterior. A la vez, la estructura del sistema internacional actual permite esquemas pragmáticos de relacionamiento con socios, vecinos y hasta rivales. Se puede a la vez cooperar y competir, acordar y disentir. ¿Las dificultades actuales de Brasil no abrirían espacio para un mayor protagonismo regional argentino? ¿Puede la Argentina aprovechar la desaceleración en China para mejorar su posición negociadora? ¿Acaso el bloqueo europeo retaliatorio a Rusia puede crear oportunidades para ampliar la provisión de alimentos, como exploró recientemente Macri con Putin? Existen diferentes maneras, áreas, foros y coaliciones para avanzar el interés nacional de la Argentina.

Macri se siente más cómodo jugando de visitante que de local. Se agranda como líder global, lo abruman los problemas en su propio país. Cree que en el mundo lo entienden más y mejor que en su propio terruño. Como decía un viejo comercial, “nadie es profeta en su tierra”.

Es consciente, sin embargo, que algún tipo de gobernanza multilateral que brinde algo de previsibilidad ante escenarios locales tan erráticos le daría más margen de maniobrade cara a un proceso político-electoral tan agitado como el que caracteriza a nuestra cultura política.

 

Por Sergio Berensztein

Fuente: tn.com.ar

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