La muerte de Julio Blanck, a los 64 años, abrió este viernes en este diario una oquedad de un diámetro aún mayor que el que deja en el periodismo la desaparición de un analista lúcido, honesto, implacable, irónico y veraz de las últimas cuatro décadas de agitada vida política argentina.

Eso pasa siempre con la muerte joven: sabemos quién fue el que se va, pero ya no sabremos nunca quién pudo haber sido. Por eso rondaban hoy, en el silencio que el mundo virtual impone en las redacciones, alejadas de la batahola verbenera de las máquinas de escribir con las que Julio hizo sus primeros pininos, los rasgos más salientes del carácter de Blanck, que dejó una impronta inolvidable entre quienes tuvieron el placer, siempre duro y severo, de compartir esta profesión fantástica.

Julio recorrió en Clarín el amplio espectro de categorías indescifrables de la profesión: fue cronista deportivo, redactor de la sección política, enviado especial, jefe de la sección, prosecretario general, columnista, editor, conductor junto a Eduardo van der Kooy, y durante una década, del programa Código Político de la señal TN.

Este viernes, Van der Kooy recordaba, mientras todos nos acordábamos de Julio, una historia reciente y casi desconocida que revela cómo enfrentó Blanck su cáncer de páncreas: “En abril de este año celebramos los diez años del programa. Dedicamos todo el mes a esos diez años que cerramos con un reportaje al presidente Macri en su despacho de la Casa de Gobierno. A la mañana siguiente, Julio se internó para su primera sesión de quimioterapia”.

Ese fue también el sello distintivo con el que Blanck encaró el periodismo. Llegó a Clarín en 1977, cuando era un chico de 23 años, había nacido el 28 de junio de 1954, en medio del tumulto desatado por la dictadura instalada en marzo del año anterior. Entró por la puerta de entrada de la profesión, puerta siempre grande, que es la sección Deportes. Entre 1979 y 1981, su inquietud, que se dejaba ver incluso en su lenguaje corporal, lo llevó a la revista “Goles Match”, que entonces dirigía Jorge Azcárate y donde Blanck, que cultivaba esa rara cualidad que sabe mezclar con paciencia y sabiduría los libros y el tablón, dejaba traslucir su pasión por Independiente.

Para 1980, estaba sin trabajo. Horacio Pagani evocaba hoy su aporte para que Blanck regresara a Clarín, previa evaluación del “error estratégico” que implicaba su inicial retirada: “Me lo encontré en la cancha de Vélez y le dije: ‘Te invito a comer a Fechoría’. Al otro día hablé con el editor del diario, Marcos Cytrynblum, para que Julio volviera. Y el tipo me dijo: ‘Está bien, que vuelva. Pero si se vuelve a ir, te vas vos con él”.

Julio hizo de Clarín la casa de su profesión. En 1982, la guerra de Malvinas y los meses que la siguieron, hicieron que Política lo reclamara como un nuevo redactor, pasó a la sección junto con Alfredo Leuco, que también era redactor de Deportes.

Fue testigo y cronista de la recuperación democrática en 1983, cuando cubría los avatares de la Unión Cívica Radical, que iba a resultar triunfadora en las elecciones de octubre de ese año. Y desde entonces, sus crónicas, sus columnas, sus análisis y hasta la inolvidable sección “Azúcar o Sacarina”, en la que derrochó un humor ácido y agudo que enriqueció su estilo, desfilaron por la pluma de Blanck desventuras, desdichas, asonadas, escándalos y esperanzas que sacudieron al país.

Entrevistó a todos y con todos logró el ideal de un periodista: hacer que el entrevistado hable de lo que no quiere y conseguir de su boca un buen título. En 1995 empezó a editar la sección Política, con el país sacudido, para variar, por los remezones de una crisis económica, la conocida como “efecto tequila”. Le imprimió a la sección la misma impronta que impuso a su vida al día siguiente del reportaje a Macri: pasión, fervor, intensidad, constancia, exaltación y una obsesión permanente por los datos chequeados y contrastados. Así se ganó el apodo de “La Topadora”.

Rondaba la sección y las espaldas de los redactores, en las horas previas a los cierres, con una mirada aérea zumbona, también inclemente, sobre textos e intenciones y extensiones. Pensaba siempre en el día siguiente y en las páginas siguientes. Tenía como impresas en la memoria las medidas siempre frágiles de un diario.

El día de la muerte de Néstor Kirchner, reunió a la redacción en pleno para esbozar su plan de cobertura. Cuando terminó el “esbozo”, había diseñadas cuarenta páginas que no dejaban resquicio informativo por cubrir. Cerraba aquella edición especial una de sus columnas: “Poder y dinero, herramientas y también obsesiones de Kirchner”.

En los febriles momentos de cada cierre, cada noche de cada día de todos los meses de muchos años, un diálogo habitual con Blanck era: “Julio, no entra este título”. “Probá con este”. “No va a entrar”. “Probá”. Entraba.

Tenía una capacidad fantástica de liderar y de influir en un equipo periodístico. Dirigió el equipo de investigación de Clarín que en 2003 recibió el premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que entonces dirigía Gabriel García Márquez, e impulsó la investigación periodística como una de las metas para afianzar el periodismo de calidad de Clarín.

Era un tipo áspero, una especie de volcán de emociones contenidas que disparaba con hosquedad unas grageas de afecto casi inocente y valioso. La alta torre de su timidez escondía un rompecabezas de ternura que rara vez rompía para hablar con pasión también contenida de su mujer, Silvana, y de sus hijos, Ignacio, Irina y Sofía. O para ocultar con empeño su pasado como técnico químico, acaso un error de juventud antes de que la profesión lo ganara para siempre.

Fueron esas condiciones, más un humor corrosivo y un cinismo tal como lo entendían los griegos, los que, recordaba Van der Kooy, lo unieron a Blanck para llevar adelante “Código Político”: “Teníamos dos programas diferentes en Metro. La gente de TN nos convocó para que hiciéramos un programa juntos. Nos pusimos de acuerdo enseguida, incluso en que él fuera el conductor, porque lo sabía hacer mejor que yo. Y en diez años, en un mundo de enorme competencia, nuestro vínculo se mantuvo tal y como fue en más de veinte años de vida profesional en Clarín”.

Fiel a lo que fue toda su vida profesional, Blanck escribió una de sus últimas columnas en la clínica donde estaba internado, con un esfuerzo enorme y una decisión inquebrantable y tal como había prometido en abril, durante una de sus últimas visitas a la redacción, que iba a enfrentar el mal que lo aquejaba. No cejó. Fue, hasta el final, un cronista lúcido de su propia vida.

El dibujo que ilustra estas páginas doloridas fue trazado entre lágrimas por Hermenegildo Sábat, que compartía espacio, pared de por medio, con Blanck. Sintetiza, de alguna forma, el sentimiento de una generación de periodistas que siente que perdió no sólo a uno de los mejores, sino a un hermano al que acudir en los momentos de dudas y de incertidumbre. Los profesionales jóvenes tienen en Blanck un ejemplo a seguir. Quienes tuvimos el placer de escribir algunos textos en este diario bajo la batuta impecable de Julio, y hasta bajo su látigo amable, sabemos que tuvimos un privilegio único e irrepetible. Un privilegio que también compartieron sus incontables lectores.

 

Por Alberto Amato

Fuente: clarin.com

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