Es difícil saber si la tecnología fomenta nuestra humanidad, la desdibuja o nos arranca de ella. O tal vez haga las tres cosas al mismo tiempo.

Andy Clark, profesor de lógica y metafísica en la Universidad de Edimburgo, en Escocia, escribió en The New York Times que hemos llegado a “un momento que debe ser saboreado, incluso al tiempo que emitimos nuevas alarmas de preocupación y advertencia sobre la velocidad, naturaleza y rango de estos cambios”.

Esos cambios, dijo, incluyen inteligencia artificial que supera el desempeño de humanos, dispositivos que ayudan a superar lesiones, y robots que brindan compañía y sexo.

“Todo esto desdibuja los límites entre cuerpo y máquina, entre mente y mundo, entre estándar, realidades aumentadas y virtuales y entre humano y posthumano”, escribió. Habitar este nuevo mundo, añadió, es vivir en uno “marcado por mayor posibilidad, fluidez, cambio y negociabilidad que por imágenes anticuadas de naturalezas y capacidades inalterables”.

Sin embargo, esa tecnología nos obliga a examinar nuestros valores humanos, escribió Sherry Turkle en The Times. Se muestra escéptica de la IA —no la inteligencia artificial, sino la intimidad artificial. Dijo que hay consecuencias en enseñarle a la gente a interactuar emocionalmente con máquinas que no pueden tener reciprocidad auténtica.

“Estos robots pueden representar empatía en una conversación sobre tu amigo, tu madre, tu hijo o tu amante, pero no tienen experiencia en ninguna de estas relaciones”, escribió Turkle, profesora en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). “Las máquinas no han conocido el arco de la vida humana. No sienten nada de la pérdida o el amor humano que les describimos”.

A medida que las máquinas sean programadas para parecer más empáticas, dijo, los niños perderán su capacidad de empatizar si interactúan con ellas con demasiada frecuencia debido a que son un “callejón de empatía sin salida”.

“Nos reducimos al tiempo que aumenta la aparente empatía de la máquina”, escribió. “Es tecnología que nos obliga a olvidar lo que conocemos sobre la vida”. Ser humano el día de hoy, añadió, “tiene que ver con la lucha por mantenernos auténticamente empáticos”.

Ésa es una lucha que vale la pena librar, de acuerdo con Dan Ariely, autor y profesor de psicología en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte. La empatía es uno de los rasgos que nos definen. Pero también tiene un lado oscuro.

“Debido a que nuestra habilidad para preocuparnos aparece cuando estamos expuestos al sufrimiento, y a que tenemos el instinto de tratar de evitar el dolor”, escribió Ariely en The Times, “a menudo estamos tentados a evadir eso mismo que nos hace humanos: preocuparnos”.

Abandonar la empatía para evitar la agonía es una reacción suficientemente común que algunas personas buscan de los no humanos, una contradicción evidente. Turkle contó la historia de una chica de 16 años a quien le pareció tan decepcionante la gente que pensó que un robot sería una alternativa mejor.

La historia de la chica es evidencia de las consecuencias de renunciar a la empatía, que Ariely llama nuestro “superpoder asombroso”.

“¿Qué versión de la humanidad elegiremos, individual y colectivamente?”, escribió. “¿Abriremos los ojos al dolor de otros, para sentir con ello la necesidad de hacer algo para ayudar? ¿O tan sólo nos volveremos mejores para desviar la mirada?”.

 

Fuente: clarin.com

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