Las víctimas de abuso en el Instituto Próvolo vivieron su martirio en soledad y lo que haga la justicia a partir de ahora podrá darles un magro consuelo, pero no vuelve el tiempo atrás y entre otras cosas, deja la sensación de que lo que se podría haber evitado, no se logró.

Me recibe un silencio sepulcral en la puerta de la sede platense del Próvolo y eso es lo que motiva esta nota. Sé que nadie me va a hablar acá; no lo harán los curas, ni los alumnos, ni los que pudieron saber algo de lo que pasó detrás de estas puertas a lo largo de veinte años o más. Es solo un tipo de silencio entre muchos otros infinitamente más crueles.

Hay que hacer un ejercicio y volver veinte años atrás, a una sociedad preteléfono celular, para entender que muchos padres con hijos sordos, hipoacúsicos, tenían aún más dificultades que hoy para encontrar un lugar en el que educaran a sus chicos. Uno de esos lugares era el Instituto Próvolo. Se aprovechaban de la confianza depositada y del silencio que los chicos intentaban romper, ese que cargan desde el nacimiento, el de la falta de voz, de poder articular las palabras. Sobre ese generaron los otros.

Bajar el volumen de los audífonos para que la ausencia de sonido asegurara la ausencia de testigos y aterrorizar a las víctimas para que ninguna otra forma de comunicación fuera posible. Ellos, los nenes, sí escuchaban las amenazas y soportaban los golpes. A veces trataban de pedir auxilio como podían, a través de dibujos y frases sueltas. Esos papeles desaparecían irremediablemente.

Tan efectivo es el mecanismo del miedo que las denuncias se sucedieron cuando los chicos abusados se volvieron hombres. El peso de esa capa de silencio se resquebrajó cuando algunos, hoy ya mayores de cuarenta, se atrevieron a contar, y esos desataron la cascada que hoy justifica un allanamiento a un lugar, dos décadas después. El hecho de que buscaran pruebas en cassettes VHS es un botón de muestra de lo anacrónico, del paso penoso del tiempo.

Duele pensar que habrá muchos que no se atreverán nunca a hablar, muchos en los que el esquema de silencio al que los sometieron sigue siendo así de efectivo. Por encima de todo esto, hay un estrato todavía más ominoso. Los abusos no empezaron en Argentina. En Verona, al norte de Italia, muchos sacerdotes del Próvolo fueron denunciados por las misma aberraciones.

Había dos soluciones posibles para esos curas denunciados: o los mandaban “a casa” (los expulsaban de la congregación) o los mandaban a Sudamérica. Todos eligieron la segunda opción, escapando de esa manera a posibles condenas y lo que es peor, entregándoles la posibilidad de seguir abusando de los chicos. Eso fue lo que hicieron de hecho. Ese silencio, el institucional, es el peor de todos, el que hizo posible la existencia de todos los otros terroríficos silencios.

 

Por Martín González

Fuente: tn.com.ar

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