Desde el año 1930, interrumpimos con el golpe de Estado al Presidente Radical Hipólito Yrigoyen un ciclo de crecimiento y progreso, que nos sacó del lugar que tenía la Argentina: él de ser uno de los diez países más importantes del mundo. Desde esa fecha podemos encontrar el punto de inició de nuestras posteriores y recurrentes crisis inagotables.

En 1930 también los argentinos inventamos la sortija como complemento a la calesita. Un premió a la pericia, un premio a la voluntad, audacia y a la paciencia de aquellos niños que tomaran este instrumento que manejaba el calesitero.

Para disfrutar otra vuelta había que trabajar, pensar y buscar ese logro.

Pero como país hicimos algo bien distinto. La sortija nos quería recordar que las cosas cuestan y que nuestro progreso y evolución necesitan esfuerzo, porque no nos son dados.

Dejamos de cultivar la cultura del esfuerzo, del trabajo y la perseverancia para pasar a convertirnos en una sociedad de cangrejos.

Dejamos de lado la solidaridad, la fraternidad, la cooperación y la complementariedad.

Abandonamos la construcción colectiva y el trabajo en conjunto.

Dejamos de estar unidos por las diferencias. Perdimos nuestra poiesis característica como país para pasar a desencontrarnos, dividirnos y boicotearnos.

Abandonamos el orden y la perspectiva que nos daba frescura y libertad. El orden no como imposición y mando sino el orden en nuestra cultura, en nuestra cordura cívica, en nuestra economía, en nuestras finanzas, en nuestra vida democrática, que no sólo persigue cosas materiales sino una vida mayor.

Los cangrejos cuanto están dentro de una caja encerrados, pueden escalar y salirse de ese encierro, son capaces de sobreponerse a ésa dificultad y liberarse de ese trauma.

Pero la paradoja es que si en una caja hay varios cangrejos no salen más rápidos ni se ayudan. Lo que ocurre es que se lastiman entre ellos, se pelean y llegan a lastimarse, logrando impedir que aquél cangrejo que intenta trepar sea arrastrado hacía abajo, en un proceso sin fin, en el cual nadie sale ni deja salir de la caja a nadie y sólo gastan su energía en pelearse y lastimarse hasta matarse a veces.

Una vez le escuche decir a Daniel Larriqueta, un dirigente de mi partido la Unión Cívica Radical (UCR), al dar una charla juntos, que los argentinos somos el país de los éxitos individuales y de las tragedias colectivas.

Y es así. Somos eso. Una sociedad de cangrejos. Geniales en lo individual y funestos y luctuosos en lo colectivo.

El trance actual de los argentinos transcurre entre la crisis económica, producto del default, no sólo económico, sino de las relaciones internaciones que nos dejo el anterior gobierno de los Kirchner y la calamidad de la falta de República que no pudo investigar al poder en 12 años en el país y permitió montar una organización criminal, que llevaba adelante un sistema de recaudación diario de dinero, que no prevenía solamente de la obra pública, sino también del negocio del transporte, la energía, los negociados con Venezuela, las FARC y el narcotráfico.

De todo esto he dado cuenta en mi visita a Colombia en 2016 y lo amplió en un capítulo dentro del contexto de mi nuevo libro de reciente salida: “Malandros la tiránica banda mafiosa que secuestró a Venezuela” de Ediciones Olmos con prólogo del exalcalde de Caracas Antonio Ledezma.

El cambió en la argentina sólo puede ser posible si se presentan la crisis o la calamidad. Y esto no habla de una sociedad madura. Estamos en crisis como sociedad porque hemos olvidado vivir a la altura de nuestras posibilidades.

Estamos anclados en esas recurrentes situaciones, que son como una fuerza gravitacional negativa, de la cual nos tiramos unos a otros para abajo como los cangrejos y no podemos salir nunca para arriba.

Lo que esta claro es que no podemos volver al pasado pero tampoco debemos conformarnos con éste presente insuficiente.

Debemos abandonar la polarización que va entre la carga infinita del pasado y el presente y darle entrada a la buena polarización que es sobre el futuro.

Aún en éste trance de dificultad el país necesita que discutamos el futuro y el Estado que queremos. La política es futuro por eso tiene siempre más de predicción que de recuerdo.

La desgracia recurrente de los argentinos como sociedad es que siempre nos movilizamos menos por los proyectos de futuro y por el porvenir que por la agitación del pasado.

Vivimos en retrospectiva y nunca en prospectiva.

En la Argentina de ese modo ocurren cosas raras. Los que piden soluciones a nuestros problemas presentes no pueden ser los corruptos que nos hundieron, los que exigen transparencia no pueden ser opacos, los que piden una economía sana no pueden ser los que armaron la economía para delinquir y los que piden buena política no pueden ser la que la asociaron al delito. Los que quieren mejores salarios y perspectivas ciudadanas no pueden ser los que les robaron a los pobres.

No pueden ser parte de la discusión del futuro quienes deberían estar presos.

Para cambiar todo lo que nos pasa, necesitamos realizar buenos diagnósticos, darle entrada a la realidad suprimida, de la mano de la pericia y la competencia hoy menguada.

El espacio público en la Argentina, tan rico en nuestra mejor tradición democrática, en nuestra cultura y en nuestra educación y ciencia hoy se encuentra pauperizado por la mediocridad y la mezquindad.

El proceso de debate se ha empobrecido y sofoca cualquier discusión y deliberación seria de los problemas.

El que habla no escucha y el que escucha endurece el corazón y escucha sólo para esperar el tiempo en el cual volver a hablar sin atender y sin entender por ende.

Cuando en la Argentina no se debaten ideas, los que no tienen buenas ideas ofenden.

Perdimos el hábito de discutir para llegar a la verdad. La verdad esta en lo profundo decía Sócrates y a la verdad se llega. Lejos de ello, discutimos para tener razón o generar adhesiones desde otro lugar.

El arma que tenemos los políticos es la de convencer no la de ofender o generar violencia.

Todo ello fragiliza las instituciones con consecuencias desesperantes para la vida de los ciudadanos.

Lo instantáneo pesa sobre las instituciones.

El corto plazo permanente nos daña tanto al punto que el interés cívico se contagia y no sale de lo pasajero y coyuntural.

La urgencia dejo de ser excepcional y se impone en la acción general. Las alarmas son eficaces si son excepcionales y no se generalizan.

En Argentina vivimos con las alarmas encendidas. Desnaturalizamos la urgencia, pues la urgencia tiene lugar siempre y cuando exista lo que no lo es.

Debemos romper esa lógica. Me preguntaron en una reciente entrevista televisiva como hacerlo y contesté “animándonos”. Hoy la genialidad que podemos hacer como sociedad es animarnos. No avasallarnos ni apabullarnos.

El país esta inmerso así en una gran crisis que no es de meses es de años.

Es nuestra inestabilidad institucional y la recurrente actitud de diferir y procrastinar nuestros problemas. Hay que sobrevolar con objetividad, racionalidad y coraje éste trance sino se cae en la violencia.

Porque debemos animarnos al gran cambio? Porque debemos hacerlo? Porque debemos darle espacio al futuro? La respuesta me la dio una señora de 90 años con la que conversaba sobre la situación del país hace unos días. Me dijo así:

Hay que pensar en la patria, hay que hacerlo por la patria, nadie ésta pensando en la patria.

 

Por Alvaro de Lamadrid

Fuente: http://www.delamadrid.com.ar

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