Dos artículos recientes se preguntan si llegó la hora de empujar a Nicolás Maduro fuera del poder en Venezuela. Uno es de Richard Hass, presidente del Council on Foreign Relations de EEUU. El otro fue escrito por Jorge G. Castaneda, ex secretario mexicano de Relaciones Exteriores.

La revista colombiana Semana también dedicó su número más reciente al tema. Con distinta intensidad y argumentos, los tres trabajos se responden que pese al doloroso drama de la población venezolana, aún no están dadas las condiciones para un eventual Golpe de Estado o una intervención militar externa, existiendo aún algunos (pocos) recursos para presionar a Maduro y su régimen.

Pero el clamor para sacar del poder a Maduro se acrecienta. A mediados del recién concluido mes de septiembre, el propio secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) habló abiertamente de la posibilidad de una intervención militar para expulsarlo del poder.

Donald Trump habla de lo mismo un día sí y otro también, mientras anuncia nuevas sanciones a funcionarios venezolanos, y se filtran informaciones de que militares rebeldes venezolanos se entrevistaron con funcionarios del gobierno Trump. Iguales declaraciones hace el nuevo presidente colombiano, Iván Duque, así como analistas militares norteamericanos.

A ello se suman otros acontecimientos que hablan de la creciente desesperación internacional en contra de Maduro, aunque ninguno de ellos tendrá un efecto inmediato y quizá tampoco ningún efecto práctico. Así, seis países americanos pidieron a la Corte Penal Internacional (CPI) que abra un proceso contra el gobierno venezolano por abusos a los Derechos Humanos, en la primera ocasión que Estados miembros refieren ante el tribunal a otro Estado miembro.

Paralelamente, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU adoptó el jueves una resolución histórica sobre Venezuela en la que demanda al gobierno de Maduro “aceptar la ayuda humanitaria” para solucionar los problemas de falta de alimentos y medicamentos, y pidió a la presidente del Consejo, Michelle Bachelet, que presente un “informe completo” sobre la situación en Venezuela en la 41 sesión del Consejo, que tendrá lugar hasta junio de 2019.

Los organismos internacionales más respetados en materia de DDHH también echan luz sobre la “violencia armada endémica” en Venezuela, la cual ha provocado un aumento de las ejecuciones extrajudiciales practicadas por el Estado y que están especialmente dirigida hacia jóvenes pobres, y sobre las crecientes evidencias del grado de brutalidad dictatorial que ha alcanzado el régimen chavista bajo el mando de Nicolás Maduro. Hoy, Maduro es tan indefendible y tan impresentable como lo fueron en su momento Fidel Castro o Augusto Pinochet.

Pero a pesar de la creciente repulsa internacional en contra de Maduro y su régimen, conviene preguntarse si es obligación de los gobiernos, ciudadanos y contribuyentes de otros países el expulsarlo del poder, por cualquier medio. No sé que responderá usted, lector, pero en lo personal creo que no.

Gobiernos y ciudadanías de América Latina ni siquiera pueden arreglar sus economías ni sus contrahechos regímenes políticos como para aspirar a arreglar medianamente bien los de Venezuela. Una solución real y duradera a la tragedia venezolana sólo puede venir de los propios venezolanos, que fueron, al final de cuentas, quienes eligieron a Maduro. Y en dos distintas oportunidades, en una reiteración de lo que, ya en el siglo XVI, Étienne de La Boétie llamó, no sin cierta perplejidad, la “servidumbre voluntaria”.

Al respecto, no debemos subestimar el apoyo popular con el cual aún cuenta Maduro dentro de Venezuela: Mandatarios como Enrique Peña Nieto o Michel Temer estarían satisfechos con sus números.

Si bien tal apoyo es claramente minoritario porque la mayoría de los venezolanos quiere un cambio, las evaluaciones recientes de su respaldo se mantienen, en parte debido a las políticas sociales de su gobierno, la inscripción (obligada pero creciente) en el llamado Carnet de la Patria (por el cual se distribuyen subsidios, bonos y racionamientos a las clientelas chavistas) y el aumento sustancial de los salarios, aunque tales aumentos pronto se desvanezcan en el aire hiperinflacionario.

Podrá alegarse que tales instrumentos no son más que demagogia o perversidades populistas, pero son populares (como todo populismo, claro), le generan respaldo y le permiten a Maduro y al chavismo comprar tiempo.

Tiempo extra que vale el doble si consideramos que no hay actores en la oposición que sean, ahora, una alternativa real a Maduro. Esto en parte gracias a las duras restricciones y la represión contra la oposición, y también, por el desprestigio de la mayoría de los líderes opositores, por no hablar de que muchos de tales “opositores” no son más que versiones lightde Maduro: creen lo mismo que él, en sus mismas “soluciones”, harían casi lo mismo que él, sólo que con manos limpias, lavanda y mejores modales.

¿Qué es pues lo que los países del continente pueden hacer para erradicar la podredumbre del chavismo, representada por Nicolás Maduro? Poco en realidad. Pero más de lo que han hecho hasta ahora. Podrían tratar de aislar diplomáticamente al régimen; perseguir financiera y judicialmente a sus principales funcionarios; dar y promover un mayor reconocimiento político y protagonismo a los actores en el exilio (aunque muchos ellos no sean más que chavistas caídos en desgracia).

Aplicar un embargo al petróleo venezolano, para retirar al chavismo todo soporte financiero; remover obstáculos para que los migrantes venezolanos sean inmediatamente productivos en los países de acogida. Pueden hacer aún algunas cosas, más allá de la sola retórica empleada hasta hoy, antes de siquiera plantearse apoyar un golpe de Estado o, peor aún, una intervención militar concertada.

Las experiencias de países como Irak o Afganistán o Ucrania muestran que una intervención externa no resuelve ninguna crisis. Al contrario: las perpetúa. Máxime en un escenario como el venezolano, en donde Cuba, Irán y China comandan allí una intervención de baja intensidad.

La dura realidad es que una intervención militar externa en Venezuela no es la panacea para sus actuales y gravísimos problemas. De hecho, es posible que empeorara las cosas en una vorágine de extremismos, oportunismos y guerra civil. Al respecto, es útil recordar lo que dijo Ron Paul a propósito de la crisis en Ucrania: El intervencionismo mata.

 

Por Víctor H. Becerra

Fuente: panampost.com

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