En uno de los peores momentos para el Vaticano, al que le llueven acusaciones por el descontrol y encubrimiento de los aberrantes abusos de un alto porcentaje de su staff, en Argentina los políticos y sindicalistas más cuestionados son apapachados por la Iglesia que les brinda el predio más sagrado para los católicos en el país, el de la Virgen de Luján, para hacer un acto. El pasado quiere ser futuro. El Partido Katólico.

No debería sorprender que la Iglesia se entrometa en los asuntos políticos ni tampoco preocupar tanto. Basta con comprenderlo y no seguir metido en un mundo de fantasías: está en política desde mucho antes que muchos partidos. Hacia su interior no es una democracia ni tampoco le interesa mucho hablar de ello. El desafío de este tiempo es conservar sus seguidores y por ello, harán lo que sea: desde hacer renunciar a un Papa hasta entronizar a otro capaz de darles imagen de humildad para evitar la sangría de fieles. Teócratas en principio, luego fueron creando decenas de corrientes internas con las más diversas visiones posibles de la Tierra, abandonando por completo sus teorías místicas sobre el Cielo en la medida en que más y más gente se fue dando cuenta de qué puede ser verdad en sus relatos y qué, mitología para niños o personas muy ingenuas. Ya con los pies bien sobre la Tierra lo que ocurrió es que sus miembros se acantonaron en un pequeño y rico Estado en vez de integrarse a la vida política lisa y llanamente. Así, mantienen no sólo relaciones diplomáticas de nación a nación, sino que poseen consulados en cada barrio de las naciones en la que la Iglesia está presente.

Hay mucho trabajo social de buena gente que está en la Iglesia. Algunos, son miembros orgánicos y religiosos. Otros, simplemente acólitos convencidos de una idea. Pero arriba y abajo hay gente que le saca provecho a la ingenuidad de otros. Se trata de gente práctica, que está siempre en la búsqueda de poder controlar los hilos del poder y que sostienen vasos comunicantes siempre, hasta cuando dicen odiarse.

Este sábado la representación del Estado Vaticano en la Argentina, aunque no formalmente, por intermedio de muchos de sus múltiples vericuetos y excusas, reunió en el predio de la Virgen de Luján a todo lo que la sociedad argentina viene cuestionando desde hace tiempo:

1- La eternización de dirigentes sindicales que cuando asumen el control de los gremios se quedan con todo. El papa Francisco ha recibido y bendecido en más de una oportunidad a los popes gremiales y hasta habla de fútbol, aunque no milita en el cuadro futbolístico que gobierna el Clan Moyano. La pelota (¿los barrabravas, el lavado de dinero?) es tema en común que les da motivo de charla y divierte -tal como puede verse en las múltiples oportunidades en que se los ha retratado juntos- y que les da una ligazón que poco tiene que ver con fe o la religiosidad.

2- Pero no se trata tan solo de modales. La Iglesia está apapachando a una dirigencia gremial que -salvo excepciones, que las hay- está compuesta por una élite de personas que alguna vez ingresaron al gremio, posiblemente, como obreros, pero que ahora son verdaderos patrones, directivos de empresas, poseedores de cuentas y bienes que ningún trabajador afiliado a sus sindicatos son capaces de construir trabajando.

3- Por primera vez, una importante porción de dirigentes sindicales están en prisión no por sus ideas políticas sino por estar implicados en casos en donde se sospecha corrupción en sus más diversas e ingeniosas formas. Necesitaban quién vele por ellos y consiguieron el aval de la Conferencia Episcopal Argentina, directa o indirectamente, no importa. Hablar de los pobres es fácil y trae rédito: nunca hicieron algo concreto para que esos pobres dejaran de serlo, porque representan una clientela que les viene bien a todos juntos así como están, pobres.

4- los exfuncionarios están en la mira de la Justicia, algunos acusados de no solo incumplir con el Código Penal que, si se quiere, en los cánones religiosos es algo tan terrenal y ajeno al Cielo que ni los sacerdotes parecen querer cumplirlo en muchos casos, entregados a abusos y desfalcos, como conocemos. Pero tampoco resistirían el repaso de los famosos “Diez Mandamientos”, esa especie de preámbulo básico que el Catecismo obliga a cumplir a los niños cuando son absorbidos por la estructura eclesiástica. La Iglesia exige respeto a una serie de principios y ritos. Pero tiene un salvoconducto maravilloso para hacer política y es que puede perdonar selectivamente y sumar. Ha hecho de las excepciones a las reglas, a las propias y a las de los Estados en las que se ha insertado, un modus vivendi exitoso, hasta ahora en que la gente se está dando cuenta de muchas cosas y, además, que no puede esperar al día después de su muerte para ser premiada por algún dios: necesita vivir el mundo ya mismo, ahora, en condiciones humanas que muchas veces pierden porque la dirigencia se une para evitarlo.

Frente a la Virgen de Luján nadie fue a arrepentirse de su pasado ni del presente. Ni siquiera fueron a prometer un futuro de santidad. La Iglesia ha acogido, espalda contra espalda, a los sectores más cuestionados de la población argentina para protegerse mutuamente y no perder los privilegios que han construido a lo largo de una historia que es triste, porque en nombre de los desposeídos todos ellos han tapizados sus muros de oro (sus templos, sus casas, sus clubes, sus escuelas, sus despachos) y la gente jamás dejó de ser pobre.

Si es que nace el Partido Katólico, será bienvenido, seguramente, por el generoso sistema democrático. De lo que deberá tomar nota es que aquí el pulso de la democracia lo mide un sistema republicano y no los ritos de un imperio residual. No vale amontonarse, hacer ruido y amenazar. Lo que vale es someterse al escrutinio ciudadano con ideas claras, proyectos y un curriculum vitae transparente.

 

Por Gabriel Conte

Fuente: mdzol.com

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