Las últimas encuestas sugieren que el candidato Jair Bolsonaro,representante de la ultraderecha, no tendrá como esperaba un triunfo “arrasador”. En su entorno había una expectativa: que el presidenciable superara 60% de los votos en la segunda vuelta del domingo. Una victoria “contundente”, como sería el caso, lo colocaría en una posición de fuerza para negociar tanto con las fuerzas políticas, propias y ajenas, como para el otro pilar de su gobierno, los militares. Tal como lo reveló Datafolha, la distancia con el petista Fernando Haddad se acortó y fue al ritmo de las “pifiadas” cometidas justamente por su círculo áulico.

Por empezar, su hijo Eduardo, quien no tuvo mejor idea que pronunciarse contra el Supremo Tribunal Federal y los ministros. De la Corte sostuvo que se la puede clausurar tan solo “con un soldado y un cabo” del Ejército. Y de los jueces sugirió que algunos “podrían ir presos”. Estos planteos polémicos provocaron una reacción inmediata y severa de parte de Jose Antonio Dias Toffoli, el titular del STF: “Atacar al Poder Judicial es atacar a la democracia. No hay democracia sin un Poder Judicial independiente y autónomo”, advirtió. No fue el único “error” cometido el último final de semana. El domingo, en un video transmitido para los cientos de manifestantes que se habían dado cita en la avenida Paulista, el propio Jair convocó: “Vamos a ir a la guerra contra Venezuela”. Las encuestas publicadas esta semana, Ibope y Datafolha, reflejaron el impacto de esos azarosos pronunciamientos. Del 59% que había acumulado el ex capitán en los días que siguieron al primer turno, su popularidad bajó a 56%. Esto lo puso más lejos de la posibilidad de dar el “batacazo”. Su rival petista, Fernando Haddad, pasó del 41% al 44%.

Pero además aumentó el rechazo a la figura del diputado ultraderechista. El fenómeno disparó señales de alerta. Y produjo conmoción en las propias filas de los altos oficiales de las Fuerzas Armadas que secundan, aunque con disimulo, al presidenciable. Fueron los primeros en mostrar síntomas de preocupación. Eso llevó por ejemplo, a su vice, el general Hamilton Mourao, a decir este viernes: “No voy a ser un vice decorativo”. El militar, que dejó de vestir el uniforme a principios de este año, añadió de inmediato: “En el Palacio del Planalto tendré una sala al lado de la de Bolsonaro y mi presencia será efectiva”. En su renovada presencia televisiva, Mourao sostuvo: “Me veo como un asesor calificado del presidente. No vamos a ser dos figuras distantes. Estaré presente en todas las reuniones”.

No se sabe hasta dónde podrá llegar el vice. Pero su participación no será inocua. Lo que hoy recuerdan todos es lo que el general dijo en 2017, cuando todavía vestía como militar. En una conferencia que ofreció en la sede de una logia masónica de Brasilia, llegó a decir: “O las instituciones solucionan los problemas políticos, o entonces nosotros (los militares) tendremos que imponer la solución”. Para él “esa imposición no será fácil. Puede traer problemas”. Pero no parecen preocuparle demasiado.

Un editorial de Folha de Sao Paulo, publicada como opinión directa del diario en su edición del jueves, advierte: “En más de tres décadas, desde el restablecimiento de la democracia, no se vio a los militares involucrarse en la vida partidaria del país. Pero las peculiaridades del momento actual ponen, ahora, a las Fuerzas Armadas en evidencia en el escenario político”.

El editorialista profundiza acerca de los recelos generados por esa participación: “El avance de la candidatura del capitán de la reserva Jair Bolsonaro, hoy el franco favorito en este pleito, incentivó a la militancia de oficiales que no hace mucho que dejaron la actividad. Algunos colaboran en el programa de gobierno del presidenciable, otros se lanzaron a la disputa de cargos electivos”. Folha recordó que Bolsonaro no fue siempre “bien visto” en la fuerza. Pero admite que hoy “existe una gran satisfacción, especialmente en el Ejército. Porque indica el prestigio de la institución asociado a las intenciones de voto en el postulante”.

Ocurre que ahora, “los líderes militares temen que el desgaste de un eventual gobierno del capitán retirado contamine la imagen de la institución”. No por casualidad salió de las filas de los altos mandos un llamado a la “moderación”. Y eso se tradujo, naturalmente, en una orden del propio Bolsonaro hacia su “tropa” particular, a la que exigió “silencio”. Sus hijos no deben abrir la boca, al menos hasta el domingo. Y su futuro jefe de gabinete ministerial, Onyx Lorenzoni, tomó el lugar del contacto con la prensa apenas para informar los detalles de la votación del jefe el día de la elección.

 

Por Eleonora Gosman

Fuente: clarin.com

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