El segundo libro de José Luis Espert (“La sociedad cómplice“) es, en algún sentido, la continuación del primero de ellos: “La Argentina devorada“. En el primero, describe como un grupo minoritario de corporaciones (los políticos, los empresarios prebendarios y los sindicalistas) defienden la  continuidad de un  conjunto de instituciones que obstaculizan el crecimiento y el desarrollo  de nuestra  economía.

El segundo libro enfoca este mismo fenómeno desde  el punto de vista de los individuos que conforman el cuerpo social y que convalidan, con su voto, el sostenimiento de esta inconveniente combinación de factores que perpetúan el estancamiento, la pobreza y la marginación.

Uno a uno, el autor analiza los prejuicios o ideas falsas que conducen a los individuos a votar alternativas falsamente populares que actúan en su propio perjuicio.

Emilio Ocampo, en su libro “Entrampados en la farsa”, muestra estadísticas comparativas de la opinión pública de nuestro país y el resto de los integrantes de nuestro subcontinente.

Allí vemos claramente que el porcentaje de nuestra sociedad que rechaza las políticas de libremercado es marcadamente superior que la que sostiene lo mismo en el resto de los países de Sudamérica.

En realidad, los  estudios son más abarcativos, y demuestran que el argentino medio rechaza visceralmente las principales instituciones del capitalismo.

La defensa  de la propiedad privada, el lucro y la libertad  de comercio, entre otras, son muy débiles y esa  falta de  convicción social deja el campo libre a la confiscación de la propiedad y de sus beneficios, mediante una presión fiscal abusiva, que se intenta disimular con el cierre de la economía, que otorga la posibilidad de disfrutar de rentas extraordinarias a sectores minoritarios, que solo logran sobrevivir merced a esta protección excesiva.

No es el propósito de esta nota describir con amplitud el contenido del libro y, más bien, remitimos al mismo al lector interesado. Lo que queremos destacar, en cambio, es la riqueza conceptual que al final de su lectura encontraremos en el apéndice “Algo sobre metodología de las ciencias”.

El título es engañoso. Esta sección abarca mucho más que lo promete. Encontraremos allí, notablemente comprimido en unas pocas páginas, un pequeño tratado de microeconomía, que va describiendo paso a paso su modelo analítico elegido: las condiciones necesarias para su validez, los criterios de eficiencia, las fallas de mercado y, por último,  aplicando las herramientas que fue construyendo previamente, explica convincentemente como las tres corporaciones a las que sataniza en sus dos libros impiden con su accionar el logro de la maximización del beneficio  social que predicen los modelos clásicos de la teoría del bienestar, de que, obviamente, se nutre.

Este “final de libro” tiene un único defecto: se termina demasiado pronto y deja al lector avezado en temas económicos con hambre de continuación. ¿Vendrá un tercer libro ?

El modelo en acción: la teoría

Con un  atrevimiento intelectual quizás excesivo nos proponemos, en esta sección, sin el consentimiento del autor y bajo nuestra propia responsabilidad, agregar algunas ideas que, a nuestro criterio, podrían complementar adecuadamente y desde un punto de vista de dinámica política, el contenido del apéndice al que nos referimos anteriormente.

Espert utiliza un modelo de competencia perfecta. La cita de Milton Friedman respecto a la validez de los supuestos y las predicciones del mismo nos exime de mayores comentarios al respecto.

La economía del bienestar es  una rama de la Economía Política que provee las bases para juzgar los logros del mercado y los encargados de las decisiones políticas en la distribución o asignación de los recursos.

Una asignación eficiente de recursos permitirá maximizar el grado de bienestar de la población, medido de manera imperfecta aunque suficientemente satisfactoria por la cuantía y la distribución de los bienes y servicios obtenidos en los procesos  de producción e intercambio de los  mismos.

El máximo bienestar social requiere previamente que la economía en cuestión se encuentre operando dentro de lo que los economistas llamamos “la frontera de posibilidades de producción”.

Esta curva o función es un conjunto de puntos, cada uno de los cuales representa una combinación de factores y preferencias individuales que permiten obtener la máxima producción posible.

Estos elementos derivan luego en la obtención de “una curva de posibilidades de utilidad social” que, al combinarse con un mapa de curvas de “indiferencia social” permiten encontrar el punto de máximo bienestar social posible, dentro del marco descripto previamente.

El modelo en acción: las reformas necesarias

La última frase refiere a la parte más abstracta del modelo, y no es de nuestro particular interés extendernos sobre ella. Nos referiremos, en cambio, al paso previo y la condición necesaria pero no suficiente, del hallazgo del máximo bienestar social.

El requisito es, obviamente, que la economía en cuestión opere en uno de los múltiples puntos de la “frontera de posibilidades de producción”.

Dentro del modelo de competencia perfecta en el que se enmarca esta teoría, no hay lugar para  la subutilización de los recursos existentes. No existe capacidad ociosa en los bienes de producción. Estos se encuentran operando en  su punto máximo. Lo mismo ocurre con la mano de obra. No existe desocupación involuntaria. El desempleo es meramente friccional y se encuentra en el punto que los economistas denominamos “tasa natural de desempleo”.

Cabe ahora preguntarse dónde falla el modelo en nuestro país, allí donde el uso de la capacidad instalada y el desempleo de la fuerza laboral están muy lejos del óptimo, lo que impide el logro de la máxima producción posible, y luego, del máximo bienestar social.

La respuesta está en las innumerables distorsiones que impiden la optimización. Es sumamente importante comprender que la “competencia perfecta” es un modelo ideal, que no existe en ningún lugar del mundo.

Como dijimos anteriormente, citando a Friedman, la validez del modelo deriva de su capacidad predictiva y no del realismo de sus supuestos.

Por otra parte, llamamos “distorsiones” a todos aquellos elementos que alejan a la economía del modelo competitivo. Algunas de las distorsiones más conocidas son los impuestos, las tarifas, los controles, las regulaciones, etcétera.

A mayor cantidad de distorsiones, mayor alejamiento del modelo competitivo y consecuentemente, mayor alejamiento del máximo bienestar social.

Volvamos sobre nuestros pasos, e introduzcamos en este momento el accionar de las corporaciones “malditas” de los libros de Espert.

Son ellas, con el silencio cómplice de la sociedad, las que introdujeron y perpetúan las innumerables distorsiones que hemos mencionado y que es menester eliminar, a fin de obtener los resultados que, a esta altura de la narración, el lector atento puede deducir fácilmente.

Espert cita adecuadamente a Juan Carlos de Pablo en cuanto a la necesidad de efectuar las reformas estructurales más importantes rápidamente y de manera simultánea, a fin de eliminar una cantidad suficiente de distorsiones de una sola vez, puesto que, como este autor reconoce, eliminar unas pocas puede no ocasionar una mejora de la competitividad y la eficiencia sino que, en algunos casos puede hasta empeorar el resultado.

Se necesita, pues, un mínimo de reformas conjuntas, una masa crítica de cambios, que provea resultados rápidos para que la población se adueñe del modelo, lo defienda  de sus detractores, y asegure su vigencia irreversible.

Incluiríamos dentro de estas reformas urgentes y simultáneas, aquellas a las que Espert menciona recurrentemente en todas sus ponencias: bajar los impuestos y el  gasto público, modificar la legislación laboral y el régimen jubilatorio y abrir la economía al comercio con el resto del mundo.

¿Ya está? ¿Tarea finalizada? No. Se necesitan décadas de cambios estructurales más pequeños para desmontar la maraña de regulaciones existente.

Como para ir cerrando, me gustaría citar a ese viejo zorro que fue Alvaro Alsogaray, quien inventó un concepto genial: el postulado de la tendencia.

Como la competencia perfecta es un modelo irreal e inalcanzable, decía, para obtener el máximo beneficio social no es menester llegar a  ella. Lo importante es eliminar distorsiones una a una, incansablemente, para tender, de esta manera, hacia el modelo competitivo y de eficiencia productiva y distributiva, sin alcanzarlo nunca, pero sin cejar, tozudamente, en perseguirlo.

Una frase más de nuestra parte, algo voluntarista, por cierto: “No es verdaderamente  importante el logro obtenido sino el disfrute del camino que se va recorriendo hacia su consecución”.

Manos a  la obra. Es  el momento justo de ponernos en marcha para dejar de ser la “sociedad cómplice” y convertirnos en la “sociedad partícipe del cambio”.

 

Por Jorge Bertolino

Fuente: eleconomista.com.ar

 

Anuncios