Días antes de que la Catedral de Notre Dame fuera consumida por el fuego – ante la mirada perdida de miles de franceses y tirustas reunidos en torno a ese bello testimonio de la Humanidad, como le llaman algunos -, otro lugar de asilo histórico era violentado para terminar con los 7 años de protección que una región de la periferia del mundo: América Latina, le había otorgado a una de las personas que, como dice el filósofo Zlavoj Zizek: “es uno de los pocos, auténticos, héroes de nuestro tiempo”, pues nos enseñó que a pesar de no tener un gran proyecto para cambiar el mundo, cada quien puede escoger un campo proceso de acción que pueda conmocionar al sistema. En su casa, la libre circulación de información, especialmente que atañe a nuestra sociedad.

El 1 de mayo, Julian Assange fue condenado por un tribunal de Londres a 50 semanas de prisión, esto por no respetar las condiciones de su libertad condicional tras haberse refugiado en la embajada de Ecuador.

En 2012, el fundador de Wikileaks había optado por la protección de un tercer país para evitar a la justicia británica y la posibilidad de ser extraditado a Suecia, donde era acusado de violación – cargo que sería desheado más tarde-, y ante la gran posibilidad de ser requerido en EEUU por cargos que le podrían significar la vida en prisión.

 

A decir de la sentencia de Deborah Taylor, las acciones de Assange demuestran una seria ofensa al sistema de justicia, pues “al esconderse en la embajada, usted se puso deliberadamente fuera del alcance” replicó la juez.

Assange, por su parte, se disculpó argumentando que, en su momento, “era lo mejor o quizá lo único que podría haber hecho”. “Las amenazas que llegaban desde Estados Unidos lo eclipsaron todo”, comentó su abogado Mark Summers.

En un comunicado, el Departamento de Justicia de Estados Unidos aseguró que Julian Assange está acusado de conspiración para cometer intrusión informática. La acusación hace referencia a una supuesta orquestación entre la ex analista de inteligencia, Chelsea Manning, para acceder a archios confidenciales. “Manning – quien fue arrestada, condenada, puesta en libertad en 2017 y de nuevo en prisión por negarse a declarar en el caso Wikileaks -, tuvo acceso a los ordenadores como consecuencia de sus deberes como analista de inteligencia, y estaba usando éstas para descargar archivos desclasificados y trasmitirlas a Wikileaks”, describen las autoridades norteamericanas.

Aunque había incluso recibido la nacionalidad ecuatoriana en 2018, el nuevo presidente de Ecuador, Lenin Moreno, a quién una filtración de Wikileaks señala como protagonista de un caso de corrupción que involucra además a buena parte de su familia y empresas offshore en diversos paraísos fiscales, decidió quitarle la protección del Estado.

“La más grande cobardía de la Historia”, dijo en su momento el ex presidente Rafael Correa, quien además calificó como exageradas las acusaciones de las autoridades nacionales sobre la supuesta creación de un “centro de espionaje” dentro de la embajada en Londres, o peor aún, como una bajeza las supuestas molestias que causaba el propio Assange con su comportamiento diario, incluyendo el propio cuidado del inmueble y al falta de limpieza de este hacia su persona e incluso su gato.

Wikileaks, fundado en 2016 bajo la máxima de colaboración y protección de las fuentes, publicó en 2018 un video que mostraba a helicópterosestadounidenses en Irak disparando por error a civiles; 12 muertos (incluyendo dos periodistas de Reuters-, fue el resultado. En 2010 y de la mano de grandes periódicos como The New York Times, The Guardian y Le Monde,  hizo públicos miles de cables diplomáticos clasificados del gobierno estadounidense, que habría espiado de forma masiva a gobiernos extranjeros, incluyendo a sus socios comerciales más cercanos a través de sus embajadas.

Luego de un breve descanso y con Assange enclaustrado en la embajada ecuatoriana, Wikileaks decidió publicar los emails de la candidata demócrata a la presidencia, Hillary Clinton, mismos que habrían sido filtrados a través de un hacker ruso. Aunque también se han filtrado documentos sensibles del gobierno encabezado por Vladimir Putin, su participación durante las elecciones presidenciales en Estados Unidos fue vista como un espaldarazo a la campaña de Donald Trump – “Yo amo a Wikileaks”, decía el republicano durante sus rallies -, quien sin duda fue beneficiado por el escándalo que siguió a la publicación de los correos de la ex secretaria de Estado, y como una prueba de los vínculos cercanos de Assange con el Kremlin, cosa que el australiano ha negado en repetidas ocasiones.

Más allá de las opiniones personales que pueda tenerse sobre el personaje perfectamente retratado en documentales como Risk, de la directora Laura Poitras, quien lo muestra en su faceta más íntima – a veces paranoica y ególatra -, lo cierto es que el precedente que se sienta tras la irrupción de la justicia británica a un lugar de asilo es inaudito.

Su posible extradición y sentencia significarían una afrenta contra una nueva y generalizada forma de obtener información sensible de interés público, las filtraciones; una posibilidad de advertir del futuro que les espera a personas como Manning o Edgard Snowden, si deciden colaborar con sitios como Wikileaks, que por supuesto, también tienen una responsabilidad ética por la cantidad de información que maneja y el riesgo de publicar información por ejemplo, decenas de miles de cables que podrían poner en riesgo la vida de colaboradores encubiertos en Irak o Afganistán.

En 2010, 400 mil reportes sobre la guerra de Irak, 90 mil sobre la guerra de Afganistán, 800 de la prisión de Guantánamo, y más de 250 mil cables diplomáticos, fue el resultado de la mayor filtración en la historia. En palabras de Zizek, lo que esta gran revelación representa es la resistencia a ese sistema de aparente libertad pero que en realidad regula nuestras vidas a través de los medios digitales. “No es como en los viejos tiempos del estado policial, donde miras a un lado y ves a un hombre siguiéndote. Te sientes totalmente libre, pero todos tus movimientos están registrados y estás sutilmente manipulado (…) Esta es la mayor amenaza para nuestra libertad”.

El problema de su detención – apunta -, es que la gente simplemente aceptará el curso de los hechos como resultado de una larga y sistemática campaña de difamación, que llegó incluso a niveles aberrantes sobre su higiene personal. Ni siquiera sus antiguos colaboradores como The New York Times salieron en su defensa, más bien extendieron el debate sobre las ambigüedades éticas a las que fueron arrastrados por culpa del protagonismo de Assange, quien si bien podrá ser juzgado a la luz de la historia por decisiones precisas sobre los contenidos publicados, nadie puede negar que el fundador de Wikileaks inauguró una nueva era del periodismo de investigación y, junto con personalidades como Snowden, puso en entredicho los peligros de otorgar tanto poder a las agencias de inteligencia y espionaje en aras de una mayor e ilusoria seguridad colectiva.

 

Por Marcos Nucamendi

Fuente: Sexenio Magazine

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