Los dibujos de las víctimas muestran monstruosos órganos sexuales

 

El jardín Belén es una institución tradicional en San Pedro. Varias generaciones se educaron allí y, como tiene solamente seis salas, es muy difícil conseguir vacante. Pero Carla Vitale había sido alumna cuando era chica, y conocía al representante legal y párroco de San Roque, la Iglesia vecina, el padre Tulio Mattiussi. Fue por eso que en 2017 consiguió inscribir a su hija, a la que llamaremos C., y a su sobrino, B., que iban a compartir la salita de 3.

Tulio había bendecido el vientre de Carla cuando estaba embarazada. También había bautizado a su nena. “Era el mejor lugar que podíamos conseguir”, dice. “Estábamos tranquilos”.

A pocos días de empezar las clases en marzo del 2017, C. mostró un repentino cambio de conducta. Entró en un estado depresivo y tuvo una regresión: dejó de controlar esfínteres, usaba el chupete y se colocaba en posición fetal en una hamaca. No comía, no quería ir al jardín y se aferraba llorando desesperada a la pierna de su mamá. Además, se enfermaba frecuentemente. Carla, que es psicóloga especializada en niñez, pensaba que se trataba de una adaptación dificultosa, a pesar de que la nena había ido a un jardín maternal sin problemas en el desprendimiento.

Una lesión en una oreja le llamó la atención, pero en el jardín le dijeron que era extraño que C. no hubiera llorado de modo que era difícil que se hubiera lastimado allí. Sin embargo, los signos raros siguieron apareciendo. “Julio les hace cosquillas a las nenas en la cola cuando van al baño, es malo”, dijo C. Otra vez, se la escuchó decir “te como el pito”. También desnudaba a sus muñecos y les gritaba. Un día, se quejó de que le “dolía la cola”. Una médica pediatra constató lesiones. Después se supo que le introducían lápices.

Carla no quería sospechar de ningún abuso por parte de un adulto de la institución en la que tanto confiaba. Le informó al jardín lo que estaba pasando con su hija porque lo primero que creyó es que en plena etapa de exploración, un compañerito (ese tal Julio que C. había nombrado) podría haber generado una situación posible de detectar y controlar.

Pero la actitud de la directora del jardín fue sospechosamente esquiva. Inmediatamente, le sugirió a Carla que tal vez la nena la hubiera visto manteniendo relaciones sexuales con su marido, o que una novela o serie con escenas de sexo la hubieran perturbado. De mala gana, la convocó a otras reuniones. En una de ellas, estuvo presente el cura, que la sorprendió con su frialdad a pesar de la estrecha relación que tenían. Es que Julio no era otro que el mismo Tulio, según le dijo finalmente la nena.

Una hipótesis de la dirección era que el padre de Carla, el abuelo, era el abusador, porque en una visita al jardín, la había abrazado y la había puesto sobre su panza para jugar en el suelo. Pero Carla insiste en que no es así. “Además, eso explicaría los casos de mi hija y mi sobrino. ¿Y los demás?”, alega.

“Nunca la presionamos, nunca pusimos palabras en su boca. Nunca quisimos perjudicar a nadie, no somos mala gente.No queríamos alarmar tampoco a otros papás”, argumenta Carla. Y sin embargo, la cámara Gessell y las pericias psicológicas revelaron abusos.

C. comenzó a revelar a cuentagotas lo que había vivido una vez que Carla le aseguró que no volvería más al jardín. “Fue de a poco, pero hablaba todos los días. Yo la grababa o la filmaba, porque no quería equivocarme en una sola palabra. Si le preguntaba, se cerraba”, explica.

Así, con los datos que aportaba la nena, pudo reconstruirse una asociación para corromper a los niños que según Carla integraban el portero Anselmo Ojeda, la preceptora María y el propio cura, el padre Tulio. “Había abusos, orgías que incluían a los nenes y nenas. En varios lugares, en el jardín y en la parroquia. Los adultos mantenían relaciones y hacían que los chicos y chicas del jardín tuvieran sexo oral entre ellos. Los ataban, les pegaban”.

Los relatos de C. son explícitos. “María me hacía dibujitos en la cola y hacía que B. (su primo de 3 años, como ella) me chupara“, reveló. “El pito de Tulio es más grande que el de Anselmo”. “¿Y dónde lo viste?”, le preguntó Carla. “Está adentro de la cola de Anselmo”, le respondió la nena.

Hay nombres que Carla no conocía, porque se trataba de chicos de otras salitas o turnos. Como I. la hija de Cintia Ansaloni, que iba al turno tarde y padeció lo mismo que C. “Me enteré en diciembre, cuando con una voz quebrada una mamá mandó un audio al grupo de WhatsApp. Nos decía que les preguntáramos a los chicos cómo estaban, pero sin inducirlos para no angustiarlos“, revela.

Resignificó el llanto, el temor que la nena había manifestado todo el año, el flujo verdoso en su bombachita, el que volviera sucia y muy despeinada del jardín. Pero no fue solo eso: luego detectó irritación anal y vaginal.

Cuando decidió denunciar- fue la última- I. le dijo que tenía miedo de que mataran a su papá porque ella había hablado. Cintia fue una nena abusada, y para ella, que su experiencia se repita en su hija es la peor de las pesadillas. “Si hablás, vas a tener vergüenza, le decían.¡ Y a mí me costó tanto hablar! Reviví todo lo mío”, solloza.

Amenazas de muerte

“Les decían que nos iban a matar, les rompían fotos de la familia y los amenazaban con hacernos pedacitos“, agrega Carla. En un sentido, ella cree que es verdad: “Destrozaron nuestras vidas. Los mismos padres que venían a contarnos angustiados los abusos a sus hijos no solamente los dejaron en el jardín sino que organizaron un abrazo. Ahora comprendo por qué la gente se calla. Estamos estigmatizados en San Pedro”, se lamenta.

Después de que numerosas evidencias determinaran que el portero Anselmo y el cura Tulio fueran detenidos, hace solamente diez días la Cámara de Apelación y Garantías de San Nicolás ordenó la libertad del sacerdote, que había sido imputado por abuso sexual con acceso carnal agravado y reiterado. Argumentaron que no se pudo verificar que hubiera una conexión entre el edificio del jardín de infantes y la parroquia, donde los denunciantes aseguran que fueron abusados.

El presidente de la Cámara Alberto Moreno, que se excusó, es el padre del defensor de Mattiussi, Gustavo Moreno. Los honorarios del letrado los paga el obispado de San Nicolás. Monseñor Hugo Santiago apartó al cura del ejercicio del ministerio mientras se sustanciara la causa penal y nombró a otro sacerdote en la parroquia, pero nunca recibió a los padres denunciantes y en cambio, aseguró en misa que creía en la “inocencia de los tres imputados”.

Con la libertad del cura, los temores de las nenas recrudecieron. Sus mamás les habían dicho que no tenían que tener miedo, porque la “policía” no iba a dejar que las dañaran. C. fue grabada por su mamá mientras le decía que no quería que Anselmo le hiciera cosas nuevamente en “la pochola”.

Carla y Cintia no tienen confianza en la Justicia y señalan que los vínculos entre la Iglesia y los jueces se manifiestan en visitas y presiones. Mientras miran los dibujos de sus hijas, con signos irrefutables de la situación a la que fueron sometidas, coinciden en decir que solo ellas están ahí para defenderlas. “Pero a los otros chicos, esos que todavía van al mismo jardín, cuyos padres decidieron mirar para otro lado y guardar silencio ¿quién los defiende?“, se angustian.

 

Con información de tn.com.ar

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